Tel Aviv/Bogotá, 24 de junio de 2026. La felicitación pública de Benjamín Netanyahu y del canciller Gideon Sa’ar a Abelardo de la Espriella tras su elección presidencial trasciende el protocolo diplomático. Ocurre después de la ruptura formal de relaciones entre Bogotá y Tel Aviv en 2024 y llega acompañada de mensajes que anticipan una voluntad explícita de recomposición. Desde ambas partes aparecen señales de convergencia que sugieren que la política exterior será uno de los primeros escenarios donde el nuevo gobierno buscará diferenciarse de la administración saliente.
La relevancia del episodio radica menos en el intercambio de mensajes y más en lo que comunica sobre la ubicación internacional que pretende adoptar la próxima Casa de Nariño. Durante la campaña, De la Espriella convirtió su cercanía con Israel y Estados Unidos en un elemento visible de su propuesta. Las felicitaciones israelíes indican que esa posición es interpretada en Tel Aviv como una oportunidad concreta para reconstruir una alianza que durante décadas tuvo componentes diplomáticos, militares, tecnológicos y comerciales.
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También aparece una dimensión regional. Colombia pasó en pocos años de mantener una cooperación histórica con Israel a romper relaciones y, ahora, a proyectar un eventual restablecimiento. Ese movimiento envía una señal a otros gobiernos latinoamericanos sobre la volatilidad de los alineamientos ideológicos en la región. La elección presidencial colombiana deja de ser únicamente un cambio de administración para convertirse en un ajuste de posicionamiento internacional que podría modificar interlocuciones, prioridades y socios estratégicos.
Las declaraciones de Sa’ar permiten identificar otra capa de análisis. La invitación oficial a visitar Israel y las referencias a conversaciones previas sobre Jerusalén, innovación y seguridad muestran que existe una agenda avanzada antes incluso de la posesión presidencial. Eso reduce los tiempos de aproximación diplomática y amplía la probabilidad de anuncios tempranos durante los primeros meses del mandato. La incógnita ya no parece ser si habrá acercamiento, sino hasta dónde llegará.
Ese punto resulta especialmente sensible. Restablecer embajadas y canales diplomáticos tendría costos políticos relativamente limitados. Una decisión relacionada con Jerusalén o una alianza reforzada en asuntos de defensa produciría efectos distintos. Tales movimientos podrían generar fricciones con gobiernos latinoamericanos cercanos a la causa palestina, aumentar el debate interno sobre derechos humanos y alterar la imagen internacional que Colombia proyectó durante los últimos años.
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Las reacciones de Gustavo Petro también anticipan que la discusión continuará en el terreno narrativo. Sus cuestionamientos hacia Israel, incluso después de la derrota electoral, sugieren que la relación con ese país seguirá funcionando como una línea divisoria entre dos visiones opuestas de inserción internacional. Una orientada hacia alianzas ideológicas con Occidente y otra que privilegia posiciones críticas frente a ciertos actores globales.
La señal más relevante no es diplomática. Es política. La elección de De la Espriella parece anunciar el retorno de Colombia a una estrategia exterior basada en socios tradicionales de seguridad y defensa. Si ese rumbo se consolida, el país podría convertirse nuevamente en uno de los principales puntos de apoyo de Washington y Tel Aviv en América Latina, redefiniendo parte del mapa de alianzas construido durante la última década.









