Bogotá, 19 de junio de 2026. La senadora Paola Holguín renunció al Centro Democrático y a su curul en el Senado después de más de una década de militancia. La decisión llega tras meses de diferencias con la dirección partidaria, marcadas por la selección de la candidatura presidencial, la negativa a otorgarle aval para buscar la reelección y su respaldo a Abelardo de la Espriella en la primera vuelta presidencial.
La salida tiene un significado que supera el caso individual. Holguín pertenecía a un grupo de dirigentes que ayudó a consolidar la identidad política del uribismo durante los años de oposición al gobierno Petro. Su renuncia se produce después de la partida de María Fernanda Cabal y José Félix Lafaurie, lo que empieza a configurar un fenómeno más amplio dentro de la derecha colombiana. El problema para el Centro Democrático no radica únicamente en perder dirigentes con reconocimiento público. La dificultad aparece cuando quienes abandonan la organización representan corrientes ideológicas, electorales y territoriales que durante años convivieron bajo una misma estructura.

Lea también: María Fernanda Cabal anuncia la creación de un nuevo partido que represente una «nueva derecha»
Las diferencias alrededor de las encuestas internas y de la conformación de listas dejan ver una tensión más profunda. Durante buena parte de su historia, la colectividad logró mantener cohesionados liderazgos diversos gracias a la capacidad articuladora de Álvaro Uribe. Los acontecimientos recientes sugieren que ese mecanismo enfrenta límites crecientes. Cuando varios referentes concluyen que sus opciones políticas tienen más futuro fuera que dentro de la organización, el debate deja de ser administrativo y pasa a afectar la capacidad de conservar unidad estratégica.
También emerge una disputa por la representación del electorado de derecha. El respaldo de Holguín a De la Espriella mostró que una parte de esa base ya no se moviliza exclusivamente a través de las decisiones del partido. Ese desplazamiento puede adquirir mayor relevancia si dirigentes con arraigo regional comienzan a construir proyectos alternativos o a converger alrededor de nuevas plataformas. La consecuencia inmediata sería una mayor fragmentación. La de mediano plazo podría ser la aparición de un bloque competitivo que dispute el legado político que durante años monopolizó el uribismo.
Para la colectividad, el desafío consiste en definir qué papel ocupará después del ciclo presidencial de 2026. La organización conserva figuras con trayectoria, estructura territorial y una identidad reconocible. Sin embargo, las salidas consecutivas reducen su margen para presentarse como el espacio natural de toda la oposición de derecha. Cada renuncia amplía la percepción de que existen caminos políticos viables por fuera de esa casa partidaria.
Podría interesarle: FLIP enciende las alertas sobre Abelardo por un patrón de ataques a la prensa
La decisión de Holguín funciona como una señal de reacomodo dentro del sector opositor. Aún es prematuro afirmar que se está formando una nueva fuerza política, pero sí existen indicios de que parte de los liderazgos que construyeron el proyecto uribista buscan ahora otros vehículos para proyectarse. El desenlace de ese proceso influirá en la forma que adopte la derecha colombiana durante los próximos años y en quién logra representar a un electorado que empieza a distribuir sus lealtades entre múltiples referentes.










