Washington, 19 de junio de 2026. La segunda vuelta presidencial volvió a recibir una intervención simbólica de Juan Manuel Santos. Desde Washington, el expresidente reiteró que no participará en política electoral ni respaldará públicamente a ningún aspirante. Sin embargo, afirmó que votará por quien defienda el proceso de paz, una declaración que la mayoría de observadores interpretó como una señal favorable a Iván Cepeda frente a Abelardo de la Espriella.
La relevancia de sus palabras no está únicamente en la preferencia implícita. Lo significativo es que Santos reintroduce el acuerdo de 2016 como criterio para evaluar el futuro del país. Según reveló Caracol Radio, varios asistentes interpretaron sus declaraciones como un guiño evidente hacia Iván Cepeda. Durante buena parte de la campaña, la discusión estuvo dominada por temas económicos, seguridad ciudadana, gobernabilidad y desgaste institucional. Con una sola frase, el exmandatario intenta devolver el debate a la continuidad o modificación de uno de los proyectos políticos más influyentes de las últimas décadas.
Podría interesarle: A días del sufragio, Cepeda enfrenta el costo político de dejar abierta la puerta de la constituyente
Ese movimiento también reorganiza identidades electorales. Santos ya no posee la capacidad de movilización que tuvo en 2014, pero conserva influencia sobre sectores de centro, dirigentes empresariales, tecnócratas, académicos y votantes que consideran que la implementación del acuerdo constituye un activo estratégico para la estabilidad nacional. Su mensaje parece dirigido menos a las bases partidistas y más a electores que todavía observan la paz como una política de Estado y no como una bandera ideológica.
La declaración adquiere mayor importancia porque aparece en una contienda donde los dos finalistas representan visiones claramente distintas sobre el tema. Cepeda ha construido parte de su trayectoria alrededor de la defensa de los diálogos y de la implementación. De la Espriella, por el contrario, ha planteado revisiones profundas a varios componentes del pacto firmado con las FARC. Al plantear su voto en esos términos, Santos contribuye a convertir una elección presidencial en una discusión sobre la continuidad de una arquitectura institucional que sigue generando apoyos y rechazos diez años después de su firma.
Podría interesarle: Cepeda reordena las prioridades frente a «Mordisco» sin cerrar la puerta a EE. UU.
También existe una dimensión internacional. El Nobel de Paz conserva reconocimiento en organismos multilaterales, centros de pensamiento y redes diplomáticas que han acompañado el proceso colombiano. Su pronunciamiento recuerda que el próximo gobierno será observado no solamente por sus resultados económicos o de seguridad, sino por el rumbo que tome frente a compromisos adquiridos ante la comunidad internacional.
La incógnita no es si Santos logró expresar una preferencia política. Eso parece evidente para buena parte de la opinión pública. La pregunta relevante es si todavía tiene capacidad para influir sobre votantes indecisos en una elección marcada por emociones, identidades y visiones opuestas sobre el orden público. Lo que sí queda claro es que, a pocos días de las urnas, el debate dejó de girar únicamente alrededor de quién gobernará Colombia. También vuelve a centrarse en qué interpretación del conflicto armado tendrá la legitimidad para orientar la siguiente etapa del país.









