Bogotá, 18 de junio de 2026. El candidato presidencial Iván Cepeda volvió a quedar bajo escrutinio tras responder “no sé” cuando fue consultado sobre la posibilidad de una Asamblea Nacional Constituyente durante un eventual gobierno suyo. La declaración llegó después de varios meses en los que había defendido un acuerdo nacional como mecanismo principal para impulsar cambios y había tomado distancia de iniciativas orientadas a promover una reforma constitucional por esa vía.
La controversia trasciende la frase puntual porque toca uno de los asuntos más sensibles de la campaña. Durante los últimos años, la discusión sobre el llamado poder constituyente quedó asociada al proyecto político de Gustavo Petro y a la posibilidad de impulsar transformaciones institucionales por fuera de los canales ordinarios. Aunque Cepeda intentó desplazar la conversación hacia consensos amplios y reformas negociadas, la respuesta en Noticias RCN reactivó una inquietud que parecía parcialmente contenida.
En contexto: Petro abandona la presión constituyente y apuesta el futuro de sus reformas al resultado de las urnas
El problema para el aspirante no radica únicamente en la posibilidad real de impulsar una Asamblea. La dificultad aparece en el terreno de la confianza política. Durante una segunda vuelta, los candidatos ya no hablan solo a sus votantes más convencidos. Necesitan reducir temores entre sectores moderados, independientes e incluso adversarios blandos. Cuando una campaña construye una narrativa de moderación, cualquier margen de incertidumbre adquiere un peso mayor que en etapas anteriores de la contienda.
También queda expuesta una tensión interna dentro de la coalición que lo respalda. Una parte de sus aliados ha defendido la necesidad de avanzar mediante acuerdos institucionales amplios. Otra conserva la convicción de que ciertos cambios estructurales podrían requerir mecanismos extraordinarios si encuentran resistencia en el Congreso. La respuesta de Cepeda parece ubicarse precisamente en ese punto intermedio, evitando cerrar una opción que algunos sectores consideran legítima a largo plazo, aunque al mismo tiempo dificulta transmitir una señal inequívoca hacia el centro político.
Para Abelardo de la Espriella y los sectores que han construido su campaña alrededor de advertencias sobre eventuales cambios en las reglas de juego, el episodio ofrece una oportunidad narrativa evidente. El debate deja de girar sobre propuestas concretas y vuelve a concentrarse en temores institucionales, un terreno donde la oposición al petrismo ha encontrado capacidad de movilización durante los últimos años.
Lea también: Cepeda reordena las prioridades frente a «Mordisco» sin cerrar la puerta a EE. UU.
A pocos días de la votación, el efecto más relevante puede no estar en quienes ya tienen definida su preferencia, sino en los ciudadanos que evalúan riesgos antes que programas. La discusión abierta por ese “no sé” muestra que la elección ya no enfrenta únicamente dos proyectos de gobierno. También enfrenta dos interpretaciones sobre los límites del cambio político y sobre la manera en que Colombia debe procesar sus transformaciones institucionales durante los próximos años.









