Bogotá, 17 de junio de 2026. La aprobación de la escisión liderada por Catherine Juvinao dentro de la Alianza Verde coincidió con la confirmación de conversaciones entre ella, Claudia López e Iván Cepeda para explorar un acuerdo programático antes de la segunda vuelta presidencial. Aunque todavía no existe una adhesión formal, el diálogo ocurre a pocos días de una elección que parece depender de la capacidad de cada campaña para atraer sectores moderados sin perder identidad política.
La señal más relevante no está en la posibilidad de un respaldo puntual. Está en la forma como el grupo que acaba de abandonar la estructura verde intenta reposicionarse como un actor autónomo con capacidad de negociación propia. Durante meses, Juvinao justificó su ruptura por las diferencias frente al acercamiento de la colectividad al Pacto Histórico. Ahora, en lugar de mantener una distancia absoluta, plantea una conversación condicionada por contenidos concretos. Esa decisión desplaza el debate desde la identidad ideológica hacia la capacidad de incidencia.
Para Iván Cepeda, la aproximación tiene un valor que supera el respaldo electoral inmediato. Su campaña ha construido una estrategia consistente de ampliación política mediante acuerdos con sectores que históricamente mantuvieron reservas frente al petrismo. La incorporación de voces asociadas al reformismo urbano, la lucha anticorrupción y la gestión institucional fortalece la narrativa de una eventual administración capaz de trascender su núcleo tradicional de apoyo. El cálculo parece orientado a reducir temores entre votantes que comparten objetivos sociales, pero desconfían de ciertas experiencias recientes del progresismo en el poder.
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Al mismo tiempo, la movida redefine el papel de Claudia López y de quienes buscan reorganizar un espacio político que llegó fragmentado a la elección presidencial. La ausencia de una candidatura propia dejó a ese electorado en una posición defensiva durante la campaña. Las conversaciones con Cepeda sugieren un intento por recuperar capacidad de influencia mediante compromisos verificables en seguridad, descentralización, salud y control de la corrupción. Más que escoger un bando, buscan demostrar que todavía pueden condicionar la agenda del próximo gobierno.
Esa apuesta también implica riesgos. Una parte de los sectores que respaldaron la escisión esperaba una diferenciación más marcada frente al proyecto representado por el Pacto Histórico. Si el entendimiento avanza sin concesiones visibles, podría surgir una percepción de continuidad que reduzca la credibilidad del nuevo proyecto político. Del otro lado, una negociación demasiado exigente puede generar resistencia entre simpatizantes de Cepeda que observan con recelo la llegada de antiguos críticos.
Lo que emerge de este episodio es una transformación más amplia. El espacio moderado ya no compite por la Presidencia, pero conserva capacidad para influir sobre quien la ocupe. La disputa ya no gira alrededor de quién representa al centro, sino de cuánto poder de negociación conserva cuando el país vuelve a ordenarse entre dos polos. La respuesta a esa pregunta podría pesar tanto en el resultado del 21 de junio como en la configuración política que sobreviva después de la elección.









