Bogotá, 17 de junio de 2026. La recta final de la elección presidencial quedó marcada por un nuevo intercambio de acusaciones entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Mientras el candidato de derecha ratificó que mantendrá un lenguaje agresivo contra su rival y contra la izquierda, el aspirante del Pacto Histórico continúa impulsando denuncias judiciales relacionadas con presuntos vínculos de su adversario con estructuras ilegales y con el caso de Salud Vida.
El episodio trasciende el enfrentamiento personal porque muestra una transformación más profunda en la lógica de la competencia política. En entrevista con Blu Radio, De la Espriella afirmó que no bajará el tono frente a Iván Cepeda y volvió a calificar a la izquierda como una “banda criminal”, insistiendo en una estrategia de confrontación abierta en la recta final de la campaña.
La discusión ya no gira principalmente alrededor de programas de gobierno o prioridades de gestión. Ambos proyectos buscan convencer a sus seguidores de que el otro representa una amenaza para el sistema democrático. Cuando los contendores dejan de presentarse como adversarios legítimos y comienzan a describirse como expresiones del crimen organizado, la disputa deja de centrarse en quién gobierna mejor y pasa a enfocarse en quién merece gobernar.
En contexto: Cepeda revive los capítulos más sensibles de De la Espriella sobre el paramilitarismo en plena recta final
La decisión de De la Espriella de sostener una narrativa de confrontación permanente parece orientada a consolidar un electorado que identifica al gobierno de Gustavo Petro con inseguridad, deterioro institucional y expansión de economías ilegales. Esa estrategia puede fortalecer la movilización de sectores que buscan una ruptura tajante con el ciclo político actual. También le permite diferenciarse de liderazgos conservadores que en el pasado intentaron combinar oposición con espacios de diálogo.
Sin embargo, esa apuesta también produce efectos sobre el escenario posterior a las urnas. Cada declaración que asocia a un sector político completo con estructuras criminales reduce el margen para reconocer la legitimidad del eventual vencedor. La consecuencia inmediata no necesariamente es una crisis institucional, pero sí un ambiente donde cualquier decisión del próximo gobierno puede ser interpretada por la mitad del país como una acción sospechosa o como parte de un proyecto ilegítimo.
La respuesta de Cepeda tampoco se mueve exclusivamente en el terreno electoral. Al recurrir a denuncias penales y a instancias internacionales, introduce otra dimensión de la confrontación. La justicia adquiere un papel cada vez más visible dentro de la campaña y se convierte en un espacio adicional para disputar reputaciones, credibilidad y autoridad moral. Esa dinámica alimenta la percepción de que la contienda se resolverá parcialmente en tribunales incluso después de conocerse el resultado.
Lea también: La campaña de De la Espriella convierte a EE. UU. en actor de validación electoral
El actor que podría adquirir mayor relevancia en este contexto es el electorado moderado. Una parte de esos votantes comparte críticas hacia el gobierno saliente, pero también observa con preocupación la intensidad del lenguaje empleado por ambos sectores. Su comportamiento puede determinar si la polarización extrema continúa ampliándose o encuentra límites políticos efectivos.
Lo que aparece detrás de este episodio es una señal más amplia sobre la política colombiana. La elección ya no enfrenta únicamente proyectos ideológicos distintos. También expone una creciente dificultad para aceptar al contradictor como un participante legítimo del sistema. Esa percepción puede influir en la gobernabilidad mucho después del día de la votación y convertirse en uno de los principales desafíos para quien llegue a la Casa de Nariño.









