Bogotá, 13 de junio de 2026. Colombia volvió a escuchar una vieja aspiración deportiva cuando Iván Cepeda planteó que el país debería proponerse nuevamente como sede de una Copa Mundial de la FIFA. La declaración apareció durante el arranque del torneo organizado por Estados Unidos, México y Canadá, en medio de una campaña presidencial donde el fútbol se ha convertido en un espacio de confrontación política entre el candidato de izquierda y Abelardo de la Espriella.
La relevancia del episodio no está en la viabilidad inmediata de organizar un campeonato global. Las sedes de 2030 y 2034 ya fueron definidas y cualquier candidatura colombiana pertenece a un horizonte lejano. El movimiento adquiere importancia porque confirma que la competencia electoral dejó de centrarse exclusivamente en programas de gobierno y empezó a desarrollarse también alrededor de símbolos capaces de producir identificación emocional. La camiseta, las barras, la Selección y ahora la idea de un torneo mundial funcionan como vehículos para disputar cercanía con sectores ciudadanos que normalmente permanecen alejados de las discusiones ideológicas.
Durante varias semanas, De la Espriella logró posicionarse como el principal intérprete de esa narrativa deportiva. La utilización permanente de la camiseta nacional le permitió conectar patriotismo, identidad colectiva y campaña. La respuesta inicial de Cepeda fue cuestionar esa apropiación. Sin embargo, la evolución posterior de su estrategia indica que comprendió un riesgo político evidente. Dejar ese terreno completamente en manos de su adversario implicaba permitirle monopolizar uno de los pocos lenguajes capaces de atravesar divisiones partidistas.
En contexto: De la Espriella convierte ídolos deportivos nacionales en respaldo electoral
Por esa razón, la propuesta mundialista puede leerse como un intento de reposicionamiento más que como una política pública desarrollada. El mensaje busca ampliar la conversación desde la polémica sobre una prenda hacia una visión de país asociada al reconocimiento internacional, la infraestructura y la integración nacional. La apuesta procura desplazar la discusión desde quién usa un símbolo hacia quién puede proyectar una ambición colectiva más grande.
Ese movimiento también abre una vulnerabilidad. La recuperación de declaraciones de 2020 donde el hoy aspirante criticaba el uso electoral del fútbol ofrece a sus opositores un argumento sencillo y fácil de comunicar. Las acusaciones de inconsistencia tienen capacidad de amplificación porque se apoyan en registros públicos y porque encajan con una narrativa de campaña ya instalada por sectores rivales. El impacto real de esa crítica dependerá menos de la contradicción en sí misma que de la capacidad de su equipo para presentar la propuesta como una visión de largo plazo y no como un gesto coyuntural.
La discusión deja una señal más profunda para la política colombiana. La batalla ya no gira únicamente alrededor de reformas, seguridad o economía. También se libra sobre quién representa mejor los símbolos compartidos. La elección está mostrando que los emblemas nacionales se han convertido en activos estratégicos de primer orden. Quien logre conectar esos referentes con una idea creíble de futuro tendrá una ventaja que trasciende la coyuntura mundialista y puede influir en la forma como se construyan las próximas campañas presidenciales.









