Bogotá, 13 de junio de 2026. La encuesta final de Guarumo y EcoAnalítica ubica a Abelardo de la Espriella con 52,6% de intención de voto frente al 45% de Iván Cepeda. La diferencia de 7,6 puntos coincide con los resultados recientes de AtlasIntel y consolida una fotografía favorable al candidato que llegó primero en la primera vuelta.
La relevancia política del dato no está únicamente en la distancia entre ambos aspirantes. Lo significativo es la convergencia que empieza a observarse entre varias mediciones que, con matices distintos, muestran una ventaja relativamente estable para De la Espriella. Cuando diferentes firmas terminan dibujando una brecha similar, la discusión deja de centrarse en quién lidera y se traslada hacia otra pregunta estratégica, si esa ventaja refleja una preferencia consolidada o un estado de ánimo susceptible de alterarse en los últimos días.
El movimiento más visible desde la primera vuelta ha sido la capacidad del candidato de derecha para capturar parte de los apoyos que quedaron sin representación tras la eliminación de otras campañas. Los números sugieren que amplió su base electoral con mayor velocidad que su rival. Ese comportamiento indica que una porción del electorado parece haber priorizado una opción de alternancia frente a la continuidad asociada por muchos votantes al proyecto político que respalda a Cepeda.
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Para el senador, la dificultad ya no consiste únicamente en sumar nuevos respaldos. El desafío pasa por modificar la dinámica emocional de la contienda. Las campañas que llegan en desventaja a la última semana suelen depender de una narrativa de urgencia capaz de transformar simpatía en participación efectiva. Por esa razón, la insistencia de su equipo en que la elección sigue abierta responde menos a un mensaje de optimismo que a una necesidad operativa de movilización.
También cambia la posición de De la Espriella. Una ventaja consistente puede fortalecer la percepción de victoria probable, pero al mismo tiempo introduce riesgos de relajación entre sus seguidores. Históricamente, las campañas que entran como favoritas a la recta final concentran buena parte de sus esfuerzos en evitar la desmovilización y contener cualquier sensación de triunfo anticipado.
Otro elemento que emerge es el desgaste de la discusión sobre las encuestadoras. Después de la primera vuelta, varias firmas enfrentaron cuestionamientos por no anticipar con precisión algunas magnitudes electorales. Esa experiencia limita la capacidad de cualquier medición para instalar una sensación de resultado irreversible. La opinión pública parece observar los sondeos con mayor cautela que en ciclos anteriores, especialmente cuando existen estudios que muestran diferencias importantes entre candidatos.
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A una semana de la votación, el tablero político parece menos condicionado por la persuasión y más por la capacidad organizativa de cada campaña. Si las cifras actuales se mantienen, De la Espriella llega con ventaja. Si la participación altera los patrones observados hasta ahora, el margen podría reducirse. Lo que muestran estas mediciones es que la disputa final ya no gira principalmente alrededor de convencer indecisos, sino de garantizar que quienes ya eligieron efectivamente lleguen a las urnas.









