Bogotá, 12 de junio de 2026. La campaña de Abelardo de la Espriella intensificó en los últimos días su estrategia de vincular símbolos deportivos con su candidatura presidencial. A pocos días de la segunda vuelta y en plena euforia mundialista, figuras como Nairo Quintana, Miguel Ángel Borja y Carlos “el Pibe” Valderrama expresaron respaldos públicos al candidato, integrándose a una narrativa bautizada como “La Selección del Tigre”, construida alrededor de camisetas, referencias futboleras y mensajes de unidad nacional.
La aparición de estos respaldos ocurre en un momento particularmente sensible para la campaña. Después de las restricciones judiciales sobre el uso de símbolos patrios y expresiones asociadas a “firmes por la patria”, el equipo de De la Espriella parece haber desplazado parte de su lenguaje identitario hacia el deporte, un terreno emocionalmente más flexible y menos regulado. La operación política es evidente. Si la bandera y algunos emblemas oficiales quedaron bajo escrutinio, el fútbol y el ciclismo ofrecen una vía alternativa para conservar la narrativa de representación nacional sin abandonar la estética patriótica que ha caracterizado al candidato.
En contexto: La pelea por los símbolos patrios redirecciona la legitimidad electoral en segunda vuelta
La decisión de sumar deportistas reconocidos también modifica el tipo de legitimidad que la campaña intenta proyectar. Hasta ahora, el aspirante había construido buena parte de su imagen alrededor del discurso de autoridad, confrontación y orden. Con Nairo, Borja o el “Pibe”, el mensaje cambia parcialmente hacia la cercanía emocional y la identificación popular. El objetivo no parece centrarse únicamente en transferir intención de voto, algo difícil de medir, sino en instalar una sensación de respaldo social transversal, asociando al candidato con figuras que durante años fueron percibidas como patrimonio colectivo.
Ese movimiento adquiere mayor relevancia por el contexto mundialista. La coincidencia entre la campaña y el inicio del torneo permite convertir el lenguaje deportivo en una extensión de la competencia electoral. La segunda vuelta empieza a narrarse como una final, los simpatizantes como hinchada y el candidato como capitán de equipo. Esa lógica simplifica la disputa política y desplaza parte de la conversación desde el terreno programático hacia la identificación emocional. En campañas polarizadas, esa transición suele favorecer a quienes logran instalar símbolos simples, reconocibles y compartibles digitalmente.
Al mismo tiempo, la estrategia abre riesgos para las propias figuras deportivas. El respaldo explícito rompe parcialmente la neutralidad simbólica que históricamente protegía a muchos ídolos nacionales. Nairo Quintana, particularmente, entra en un terreno poco habitual para su trayectoria pública, y eso puede reorganizar la relación con sectores de aficionados que lo percibían como una referencia transversal. La reacción en redes muestra que el costo reputacional ya empezó a aparecer en segmentos críticos de la candidatura de derecha.
El fenómeno también deja una señal más profunda sobre la política colombiana. Las campañas empiezan a depender cada vez menos de intermediarios partidistas tradicionales y más de ecosistemas emocionales construidos desde la cultura popular, el entretenimiento y las plataformas digitales. El deporte deja de ser únicamente escenario de representación nacional para convertirse en infraestructura narrativa de movilización política. La recta final de esta elección puede terminar consolidando un precedente que otros candidatos intentarán replicar hacia 2030.









