Bogotá, 9 de junio de 2026. El más reciente estudio de CB Global Data ubica la desaprobación de Gustavo Petro en 61,0% y su aprobación en 36,5%, una caída de 3,5 puntos frente al mes anterior. El resultado lo sitúa entre los mandatarios peor valorados de América Latina y aparece cuando Colombia atraviesa la segunda vuelta presidencial entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella.
La relevancia política de la medición trasciende la popularidad del jefe de Estado. El dato central es que el oficialismo enfrenta la fase definitiva de la elección con una figura presidencial que moviliza adhesiones intensas, pero también rechazos igualmente fuertes. Cuando un gobernante conserva una base sólida, aunque minoritaria, y simultáneamente acumula niveles elevados de imagen negativa, deja de ser un activo electoral automático para convertirse en una variable que cada campaña debe administrar cuidadosamente.
Esa dinámica altera los incentivos de los actores involucrados. Para Abelardo de la Espriella, la existencia de una desaprobación superior al 60% fortalece la posibilidad de presentar la elección como una evaluación del ciclo gubernamental. Su estrategia encuentra terreno fértil en un segmento ciudadano que asocia seguridad, economía, confrontación institucional y gestión pública con la figura presidencial. La encuesta refuerza esa narrativa y ofrece argumentos para mantener la contienda enfocada en el balance del cuatrienio.
Para Iván Cepeda, el escenario resulta más complejo. La tarea deja de consistir únicamente en consolidar el respaldo de quienes acompañan al Gobierno. También exige persuadir votantes que pueden compartir algunas reformas o posiciones programáticas, pero que expresan cansancio frente al liderazgo presidencial. Mientras mayor sea la asociación emocional entre candidato y mandatario, más difícil será ampliar la coalición necesaria para superar el umbral electoral.
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Lo significativo es que el desgaste parece haber adquirido características estructurales. Diversas mediciones, desde 2023, muestran niveles de rechazo cercanos al 60%. Eso sugiere que no se trata exclusivamente de una reacción coyuntural a una controversia específica ni a un episodio aislado. Lo que emerge es una percepción consolidada que ha resistido cambios de agenda, ajustes discursivos y momentos puntuales de recuperación.
También comienza a producirse un reordenamiento silencioso entre dirigentes políticos, sectores económicos y liderazgos regionales. Cuando un gobernante se aproxima al final de su mandato con indicadores adversos, aumentan las señales de autonomía entre antiguos aliados y se aceleran los movimientos de adaptación hacia el posible escenario posterior. No implica rupturas inmediatas, pero sí una recalibración de posiciones frente a lo que viene.
La verdadera disputa no gira únicamente alrededor de quién ganará la Presidencia. La cuestión de fondo es si el proyecto político que llegó al poder en 2022 conserva capacidad para transferir legitimidad a una nueva candidatura o si entra en una etapa donde su principal figura concentra más resistencia que capacidad de expansión. La respuesta a esa pregunta determinará no solo el resultado de la segunda vuelta, sino también el margen de influencia que conservará el petrismo en el próximo ciclo político colombiano.










