Bogotá, 9 de junio de 2026. El anuncio de Katherine Miranda a favor de Abelardo de la Espriella llega a un partido que ya venía resquebrajado por dentro. La Alianza Verde arrastraba votaciones divididas, solicitudes de escisión y choques abiertos sobre su relación con el gobierno Petro y con la campaña de Iván Cepeda, al punto de que la dirección discute desde hace meses si formaliza rupturas internas o intenta contenerlas.
El caso de Miranda no es un rayo en cielo despejado, sino una expresión más de una crisis prolongada de identidad. En los últimos años, sectores verdes han oscilado entre el apoyo crítico a la agenda de cambio, la oposición frontal al gobierno y la búsqueda de una tercera vía de independencia, sin lograr una línea reconocible ante la opinión. Este vacío estratégico abrió espacio para liderazgos que capitalizan el malestar con el petrismo desde registros distintos: unos más programáticos, otros más emocionalmente conectados con audiencias digitales.

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En ese segundo grupo se ubica Jota Pe Hernández, senador influenciador que viene chocando de frente con el ala más cercana al gobierno dentro del partido. Su oposición dura a Petro le ha valido intentos de marginarlo, incluida una campaña interna para expulsarlo y el hundimiento, por un voto, de su solicitud de escisión para crear una nueva colectividad con personería propia. La figura de Jota Pe simboliza un sector que quiere romper amarras con el petrismo, pero también con la estructura verde tradicional, y que se proyecta hacia 2030 con una marca personal más fuerte que el logo partidista.
La combinación de un liderazgo de base digital como Jota Pe y una congresista urbana como Miranda, ambos en confrontación directa con el gobierno, revela que la fractura verde no es solo ideológica sino también generacional y de formato político. Mientras una parte de la colectividad se acerca a Cepeda mediante acuerdos programáticos, otra se ubica en el bloque anti-Petro por la vía de adhesiones personalizadas, ya sea coqueteando con De la Espriella o intentando construir proyectos propios. El resultado es un partido que, a pocos días de la segunda vuelta, se parece más a un archipiélago que a una organización coherente.

Esta implosión tiene efectos inmediatos en el tablero electoral. En la disputa Cepeda–De la Espriella, el verde deja de funcionar como fuente disciplinada de votos y se convierte en un mercado abierto donde cada figura negocia su propio destino político. La fragmentación facilita que De la Espriella sume apoyos simbólicos desde el centro, como el de Miranda, mientras Cepeda intenta retener estructuras y militancia con la promesa de continuidad del proyecto de cambio. En ese forcejeo, los votantes verdes se enfrentan a mensajes cruzados que pueden traducirse en abstención, voto dividido o traslado de lealtades hacia opciones más nítidas.
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A mediano plazo, la crisis interna de la Alianza Verde abre un espacio de reconfiguración del centro para todo el sistema político. Las solicitudes de escisión, las renuncias previas de figuras como Claudia López y las tentativas fallidas de nuevos partidos muestran que ese segmento del espectro está huérfano de una casa común estable. Si la tendencia continúa, es plausible que el “centro verde” se disperse en tres direcciones: integración al bloque Cepeda–Pacto, incorporación a la coalición institucionalista de De la Espriella o creación de una nueva oferta que busque capitalizar el desencanto con ambos polos hacia 2027–2030.
La elección de 2026 puede terminar siendo el punto de inflexión donde la Alianza Verde deja de ser el contenedor principal de la política de centro en Colombia. Las disputas por expulsiones como la de Jota Pe, la salida escalonada de cuadros históricos y las adhesiones cruzadas en esta segunda vuelta anticipan un reordenamiento en el que el logo verde pesa menos que las marcas personales de sus dirigentes. En ese escenario, quien logre ofrecer una narrativa consistente al electorado que alguna vez se vio representado en Mockus, Fajardo o López podría heredar no solo sus votos, sino la bandera de una nueva institucionalidad de centro en la era post-Petro.









