Bogotá, 3 de junio de 2026. La primera encuesta de segunda vuelta publicada tras los resultados del 31 de mayo ubica a Abelardo de la Espriella con 50,3% de intención de voto frente al 42,6% de Iván Cepeda. El estudio de AtlasIntel, realizado apenas dos días después de la primera vuelta, muestra una ventaja de 7,7 puntos para el candidato opositor y dibuja un escenario coherente con la distribución territorial y política observada en las urnas.
La relevancia de esta medición no radica únicamente en la distancia entre ambos aspirantes. El dato que ayuda a entender la fotografía es otro. Mientras De la Espriella registra un rechazo del 40,3%, Cepeda alcanza el 56,6%, una cifra que supera incluso su intención de voto. Esa diferencia sugiere que la contienda comienza a desplazarse desde la discusión programática hacia una evaluación emocional y política del ciclo gubernamental que encabeza Gustavo Petro.
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La desaprobación presidencial del 53,2% fortalece esa lectura. Aunque Cepeda intenta presentarse como una figura con identidad propia, una parte importante del electorado parece asociarlo directamente con la continuidad del proyecto oficialista. Cuando una segunda vuelta adquiere rasgos de referendo sobre un gobierno, el candidato respaldado por la administración suele enfrentar mayores dificultades para ampliar su coalición. La encuesta indica que esa dinámica podría estar operando desde el inicio de la campaña.
También resulta significativa la redistribución de los apoyos provenientes de candidaturas eliminadas. Los electores de Paloma Valencia migran de manera amplia hacia De la Espriella, mientras los votantes de Sergio Fajardo muestran una inclinación considerable hacia el voto en blanco. Ese comportamiento deja al senador oficialista ante un desafío complejo. Necesita atraer sectores moderados que hoy no parecen convencidos de respaldarlo, al tiempo que debe evitar que el rechazo al gobierno absorba cualquier intento de expansión electoral.
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La segmentación demográfica aporta otra señal estratégica. Cepeda conserva fortalezas entre jóvenes, habitantes de Bogotá y ciudadanos del Pacífico. Su rival domina entre mayores de 35 años, mujeres y buena parte del Caribe y la región andina. Esa distribución configura una disputa entre núcleos electorales relativamente definidos, donde la capacidad de movilización puede resultar tan importante como la persuasión de nuevos votantes.
Sin embargo, la fotografía sigue lejos de ser definitiva. Faltan adhesiones formales, debates, errores de campaña y acontecimientos capaces de modificar percepciones. Lo que sí parece consolidarse es una lógica política más profunda. La segunda vuelta empieza a organizarse alrededor de una pregunta sobre continuidad o cambio, una condición que suele favorecer a quien logra encarnar el descontento acumulado. Si esa percepción permanece estable durante las próximas semanas, la discusión electoral podría dejar de girar alrededor de los candidatos y concentrarse en el balance final de un ciclo político que llega a su momento más exigente ante las urnas.









