Bogotá, 3 de junio de 2026. A menos de tres semanas de la segunda vuelta presidencial, las campañas de Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella activaron movimientos paralelos para acercarse a Sergio Fajardo, Claudia López y Juan Daniel Oviedo, figuras que hoy concentran buena parte del electorado moderado que quedó sin candidato propio. Mientras Paloma Valencia lanzó una nueva invitación pública para reunirse con ellos y persuadirlos de no respaldar a Cepeda, desde el Pacto Histórico ya hablan de contactos en marcha con esos mismos sectores.
La simultaneidad de los movimientos expone una realidad política que ninguna de las dos campañas puede ignorar. La disputa ya no está concentrada en ampliar los apoyos dentro de los bloques ideológicos tradicionales, sino en conquistar credibilidad entre votantes que se han mostrado distantes tanto de la izquierda gobernante como de la nueva derecha que encarna De la Espriella.
Desde la campaña de Cepeda, la representante María Fernanda Carrascal afirmó que existen acercamientos con figuras asociadas al espacio político de Fajardo. Ese mensaje fue reforzado por declaraciones que presentaban conversaciones avanzadas con sectores cercanos al excandidato. Sin embargo, los desmentidos posteriores de Jennifer Pedraza y Andrés Vecino mostraron que cualquier acercamiento está lejos de consolidarse y que persisten condiciones políticas importantes para abrir una interlocución real. La exigencia de una conversación directa con Cepeda y las dudas sobre su autonomía frente a Gustavo Petro indican que el respaldo del centro no dependerá únicamente de gestos simbólicos.
Al mismo tiempo, Paloma Valencia puso en marcha una estrategia distinta. Su invitación a Fajardo, López y Oviedo no busca construir una alianza alrededor de su proyecto político, ya descartado en primera vuelta, sino convencerlos de impedir una eventual llegada de Cepeda a la Casa de Nariño. El mensaje es explícito. La exsenadora intenta convertir la preocupación por la continuidad del petrismo en un punto de encuentro capaz de acercar a sectores que históricamente han mantenido reservas frente al uribismo y a la derecha más confrontacional.
La relevancia de este episodio radica en que ambos bloques reconocen implícitamente el mismo problema. Ninguno tiene garantizada la capacidad de representar por sí solo a los votantes moderados. Por eso, tanto la narrativa del “Gran Acuerdo Nacional” impulsada desde el Pacto como el llamado al “café por la democracia” promovido por Paloma buscan obtener algo más valioso que un respaldo formal. Buscan una certificación de moderación frente a un electorado que sigue observando con cautela a los dos finalistas.
La batalla política que comienza a definirse no es únicamente por los votos que obtuvo Fajardo en primera vuelta. Es una disputa por la legitimidad que representan quienes aún conservan capacidad de influir sobre ciudadanos que rechazan las adhesiones automáticas. La campaña que logre reducir mejor esas desconfianzas tendrá una ventaja estratégica que puede resultar más determinante que cualquier alianza anunciada en público.









