Washington/Tel-Aviv/Teherán, 18 de marzo de 2026 – La guerra regional desatada tras el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero provocó una interrupción masiva del suministro de petróleo y gas desde el Golfo Pérsico, con seis grandes potencias energéticas directamente involucradas y una porción significativa del mercado mundial bajo riesgo.
El conflicto se concentra en torno al Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz, una vía clave por donde circula cerca de una quinta parte del comercio marítimo global de hidrocarburos. La intensificación de los combates, con bombardeos, misiles y drones, ha golpeado infraestructuras energéticas y puertos en Irán y en países como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak y Qatar.
La Agencia Internacional de la Energía estima que la caída de la oferta alcanza al menos 10 millones de barriles diarios entre crudo y derivados, lo que configura el mayor shock de suministro registrado. En paralelo, varios países han recortado producción o detenido exportaciones ante la imposibilidad de operar con normalidad.
El impacto se trasladó de inmediato a los mercados. El precio del Brent superó los 107 dólares por barril y registró subidas diarias cercanas al 25 por ciento en medio de la escalada militar. La volatilidad se extendió a bolsas, divisas y materias primas, mientras crece el temor a un choque energético prolongado.
El cierre casi total del Estrecho de Ormuz, debido al riesgo de ataques y al minado de rutas, interrumpió la salida de petróleo y gas desde varios de los principales exportadores del mundo. Países como Irak redujeron drásticamente su producción, Kuwait declaró fuerza mayor y Qatar detuvo exportaciones de gas natural licuado.

Instalaciones clave también han sido alcanzadas. Entre ellas, el campo gasífero Shah en Emiratos y el yacimiento South Pars, compartido por Irán y Qatar, lo que amplió las disrupciones al mercado global de gas y al suministro eléctrico regional.
Ante este escenario, gobiernos y bancos centrales evalúan medidas de emergencia, entre ellas la liberación de reservas estratégicas y políticas de ahorro energético, mientras se multiplican las advertencias sobre un posible repunte inflacionario y una desaceleración económica global.
Escalada sin salida clara
El conflicto superó rápidamente el enfrentamiento inicial entre Estados Unidos, Israel e Irán y se transformó en una guerra regional con impacto directo en varios miembros clave de la OPEP y la alianza OPEP+. Washington sostiene que las operaciones buscan frenar el programa nuclear iraní, mientras Teherán afirma que continuará sus ataques contra intereses estadounidenses, israelíes y aliados en la región.
Las monarquías del Golfo enfrentan un escenario complejo, al combinar su condición de socios estratégicos de Estados Unidos con su exposición directa a los ataques. Esto limita sus opciones para desescalar sin afectar sus alianzas militares y energéticas.

El trasfondo del conflicto se remonta a una serie de tensiones acumuladas en torno al programa nuclear iraní, las sanciones y la disputa por influencia regional. Una escalada previa en 2025 había dejado un alto el fuego frágil que no resolvió los desacuerdos de fondo.
El ataque del 28 de febrero marcó un punto de inflexión al trasladar el conflicto hacia infraestructuras críticas del sistema energético global. Analistas destacan que, a diferencia de crisis anteriores, la simultaneidad de ataques sobre múltiples productores y el cierre de Ormuz no tiene precedentes en magnitud.
En el corto plazo, la continuidad de los combates y la interrupción de rutas estratégicas anticipan precios elevados y alta volatilidad. A mediano plazo, la crisis podría acelerar cambios estructurales en el mercado energético, desde la diversificación de proveedores hasta un mayor impulso a la transición energética, en un contexto de creciente incertidumbre global.






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