Bogotá, 9 de marzo de 2026 – Iván Cepeda anunció a Aída Quilcué como su fórmula vicepresidencial para las elecciones presidenciales de 2026, en una jugada con la que el Pacto Histórico busca recomponer su relación con el movimiento indígena, retomar bandera en paz territorial y responder al avance de la derecha, que acaba de cerrar filas alrededor de Paloma Valencia.
El movimiento se conoció ayer 9 de marzo, un día después de las consultas interpartidistas que dejaron a Valencia como candidata única de la derecha en la llamada Gran Consulta por Colombia. Con ese resultado, el tablero electoral quedó reordenado entre dos relatos que ya empiezan a chocar: el de “orden y autoridad”, impulsado por el bloque uribista, y el de “vida, paz, democracia y justicia social”, con el que el petrismo intenta reagruparse.
La designación de Quilcué no solo confirma a Cepeda como heredero político del proyecto de Gustavo Petro. También busca enviar una señal a sectores indígenas, sociales y rurales que fueron decisivos en 2022 y que, según distintas lecturas dentro del progresismo, se distanciaron durante el gobierno por el desgaste propio del poder, la lentitud en reformas y las tensiones en los territorios.
El regreso al voto indígena
Quilcué llega a la fórmula con una trayectoria ligada al Consejo Regional Indígena del Cauca, la Organización Nacional Indígena de Colombia y la defensa de derechos humanos. Su nombre ha estado asociado a la inclusión del capítulo étnico en el Acuerdo de Paz, a su trabajo en el Senado por la Circunscripción Especial Indígena y a causas vinculadas con justicia transicional, seguridad en los territorios y protección de las comunidades.

Su perfil le permite al Pacto Histórico volver a hablarle a un electorado con peso en el suroccidente del país, especialmente en Cauca, Nariño, Putumayo y otras zonas rurales atravesadas por violencia y economías ilegales. En esas regiones, la apuesta de Cepeda parece apuntar a reactivar apoyos con una figura que conecta con territorio, conflicto y representación étnica.
El anuncio también ocurre pocas semanas después de la retención de Quilcué por hombres armados en una vía del Cauca, episodio que volvió a poner sobre la mesa el riesgo que enfrentan los liderazgos indígenas en Colombia.
La otra pelea que se abre
La fórmula Cepeda-Quilcué, sin embargo, no solo busca entusiasmo entre las bases. También abre un frente de escrutinio sobre el uso político del capital simbólico del movimiento indígena y sobre debates ya instalados alrededor del manejo de recursos, la representación de las comunidades y la transparencia en estructuras aliadas al petrismo.
Ahí está uno de los riesgos de la apuesta. Mientras Paloma Valencia intenta consolidarse como la cara de una derecha ordenada y con discurso de firmeza, Cepeda tendrá que demostrar que su alianza con Quilcué no se agota en el símbolo ni en la identidad electoral, sino que puede traducirse en coherencia política y resultados concretos en los territorios.

La campaña que se perfila no solo enfrentará candidaturas. También pondrá a competir dos maneras de leer el país en vísperas de 2026. Y en esa disputa, el Pacto Histórico decidió volver al origen de una parte de su fuerza, aunque ahora bajo una lupa más exigente.







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